En menos de una semana: Agostina, de 14 años, en un descampado; Dulce María, de 17 años, en una cámara séptica; Noelia, de 30 años, asesinada en Temperley por su pareja; y una mujer en Castelar salvada de milagro por la policía tras un ataque con cuchillo y martillo por parte de su ex. ¿Cuántos otros casos no están saliendo en las noticias? Así nos encuentra este nuevo 3J, otra jornada del Ni Una Menos.
El caso de Agostina volvió a sacar lo peor de esta sociedad: el foco puesto una vez más en la víctima y en su madre, pero no en el violador y asesino. Los comentarios sexuales refiriéndose a una nena de 14 años muestra crudamente la mente perversa de gran parte de los hombres. Y si eso se dice impunemente en televisión, ¿qué nos queda para los grupos de WhatsApp, no?
Hace hasta no mucho se quejaban de la “oleada feminista”, de que “nos pasamos 3 pueblos”, pero nada los interpeló. Todo sigue exactamente igual, o peor. Se apuran en aclarar que “ellos no son así”. Pero si todos son buenos, ¿cómo se explica que todas las mujeres hayamos sufrido, en uno o más momentos de nuestra vida, agresiones físicas, verbales, psicológicas o sexuales por parte de un hombre? Porque no son todos los tipos, pero siempre es un tipo.
Es inevitable que frente a estos casos todas recordemos situaciones propias. Particularmente, sólo una de nosotras antes de cumplir los 13 años ya había visto, contra mi voluntad, tres pitos: una vez jugando en la vereda con una amiga, otra charlando con compañeras del colegio en la puerta de una casa y otra yendo con mi tía a un locutorio. ¿A quién van a culpar acá? Hay una clara tendencia en responsabilizar a las mujeres, en señalar y criticar las crianzas ajenas, en creer, ilusamente, que si hubiéramos hecho tal o cual cosa distinto, no hubiera pasado. Ilusamente porque en la realidad, nada nos impide ni nos separa de ser la próxima. Pero si prendes la tele, el análisis es sobre la vida de las pibas, de sus madres, de sus amigas, nunca a los pedófilos, violentos y violadores.
Ningún sistema opresor se mantiene sin complicidad. Diego Recalde diciendo en televisión que “te das cuenta cuando hay un cuerpo que tiene un tránsito distinto a un cuerpo virgen”, no es un hecho aislado. Sucede porque hay un sistema que avala estos discursos. ¿De qué “tránsito” habla? ¿De “soltura”? ¿Refiriéndose a menores de edad? Y no, no es el único. No es casual que se esté instalando el discurso de que la mayoría de las denuncias son falsas y “arruinan la vida de los hombres”. Tampoco que el presidente quiera sacar la figura del femicidio.
Como dijo Rita Segato, la violación es un acto de poder, de dominación; es un acto político. El sistema patriarcal se arroga la propiedad de nuestros cuerpos y de nuestras vidas: somos objetos de consumo y descarte. Vasijas para engendrar, putas para ser violadas, pedazos de carne violentables cuando así lo decidan.
En esta época oscura sabíamos que venían por nosotras: recortando presupuestos, cerrando áreas estatales destinadas a la asistencia y acompañamiento de mujeres en situación de violencia, echándonos la culpa a nosotras mismas. El mensaje que baja desde las cúpulas del poder es claro y envalentona a quienes ya se sabían impunes. El resurgimiento de la derecha a nivel mundial trajo las respuestas más crudas.
Hablamos de la derecha porque, como vuelve a señalar Rita Segato, el feminismo toca el centro de gravedad de todas las asimetrías de poder. Pero bien sabemos que la violencia machista atraviesa todos los espacios: no hay partido político, rango etario ni condición socioeconómica que la detenga. En todos los sectores masculinos de la sociedad aparece el patriarcado: en quienes perpetran los delitos, en quienes reproducen discursos de odio y en quienes hacen oídos sordos.
Porque sí, como dijimos antes, ningún sistema opresor se sostiene sin complicidad. Y la mayor complicidad es la que se da entre los hombres. Malena Pichot lo llamó camaradería peneana. No importa nada porque primero, son tipos.
Entonces, ¿qué hacemos frente a este panorama? ¿En qué mundo estamos haciendo crecer a nuestras pibas?
Cada 31 horas una mujer es asesinada en nuestro país; cada 31 horas ocurre un femicidio. 11 años después del primer Ni Una Menos, acá estamos.
Y por las que nos faltan, por las que estamos y por todas las que vienen, tenemos que seguir luchando. Tenemos que seguir ocupando todos los espacios que podamos, hacernos escuchar y no dar ni un paso atrás. Porque vienen por todas, y por todas vamos a pelear.
Este Ni Una Menos nos encuentra cansadas, sí; tristes y hartas. Pero que también nos encuentre con los corazones ardiendo y, sobre todo, juntas.
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