"No metas a BTS en política" y un sin fin de variantes que, a esta altura, ya no tienen ni sentido.
El último fin de semana, como sabemos, Jin y el Chef Paik (uno de los chefs más importantes y queridos de Corea del Sur) le otorgaron un regalo a Rosângela da Silva, primera dama de Brasil. Esto trajo consigo una discusión que nos resulta muy conocida por estos lares. La primera fue entre Armys seguidoras de Bolsonaro y Armys seguidoras de Lula, donde se planteó el mismo intercambio que tenemos con las Armys libertarias: “No entienden lo que consumen”. Entrar a Twitter Brasil era como mirarse en un espejo.
Y si bien muchas cosas resultaban graciosas, cuando una se sienta a pensar en lo que hay detrás, se nos viene a la mente cómo la derecha, a nivel internacional, se está moviendo de forma conjunta y bajo las mismas lógicas. El accionar está sincronizado al punto que sus seguidores repiten el mismo discurso palabra por palabra. Ahí radica un gran peligro: mientras seguimos dispersos, la derecha avanza a pasos agigantados a nivel mundial.
Uno de sus puntos fuertes que tiene esta avanzada es el intento de despolitización y el vaciamiento de contenido de todo lo que consumimos. Y es ahí donde nos acercamos al título de este texto: “No metas a BTS en política”. Acá aparece el segundo punto de la discusión, donde vemos cómo las Armys de derecha empezaron a repetir esta frase que ya tenemos bien aprendida.
Siempre hay alguien que salta: "No metas a X en política", y X abarca la música, la literatura, al cine, al arte en general; hasta a los jugadores de fútbol. Se toma a la política como un condimento opcional, como si se pudiera separar el cuerpo de la mente, el deseo del contexto, lo personal de lo colectivo. Pero no. Lo político y lo personal van de la mano. Todo lo personal es político. Todo sujeto es político. Todo está atravesado por la política, incluso cuando se pretende negar.
A veces, claro, el contenido de una obra puede parecer abstracto, simbólico, metafórico. En estos casos, hay quienes se quedan sólo con la superficie del producto sin ahondar -por no ver o no querer ver- en lo que se dice entre líneas.
Quienes somos fans de los BTS, por ejemplo, lo podemos identificar: sus letras están llenas de crítica social, de reflexiones sobre salud mental, juventud y el sistema. Hablan tanto desde el autoconocimiento como desde la colectividad, promoviendo mensajes de aceptación, compañerismo, el respeto hacia los otros. Hay quienes, entonces, somos atravesadas por esos mensajes, se vuelven tan propios que impregnan nuestros valores y cómo los llevamos adelante porque estamos alineados con ellos; sin embargo, también hay quienes se quedan en el camino -a veces por elección-, con las puestas en escena, el brillo y las luces.
Entonces… ¿qué pasa cuando el mensaje ya no está tan entre líneas? cuando es tan fuerte que grita. Cuando una persona como Héctor Oesterheld, que ya en sus obras tempranas como Sargento Kirk y Bull Rockett deslizaba críticas al capitalismo y al imperialismo, militaba en Montoneros junto a sus hijas, escribió El Eternauta como una metáfora de resistencia colectiva frente al exterminio, escribió biografías del Che Guevara y de Eva Perón, y fue secuestrado, torturado y desaparecido por la dictadura militar argentina, ¿cómo elegís ignorarlo?
Cuando la obra y la vida del artista se funden en una misma línea política, ya no hay capas que desentrañar. Hay una realidad que te grita en la cara. Y frente a eso, la única forma de no ver es negar. No entender puede ser inocencia; no asumir, es cobardía.
El arte, cuando es verdadero, interpela e incomoda. No busca el aplauso fácil, sino el espejo difícil: nos obliga a vernos, a reconocernos, y a ver y reconocer a otros. Nos lleva a preguntarnos de qué lado de la historia estamos, y ahí es donde muchos retroceden. Porque asumir que uno está del lado del individualismo, del racismo, de la indiferencia, no es fácil. Un poco esto sucedió el año pasado con El Eternauta, no solo hubo un intento de despolitizarlo sino incluso buscar distorsionar el mensaje. Pero si el lema es “nadie se salva solo”, entonces, ¿cómo seguir sosteniendo la meritocracia, el sálvese quien pueda, el "yo primero", supremacía blanca, “a mi nadie me regala nada”, “se embarazan por un plan”?
Hay obras que nos sacuden. Hay artistas que dieron la vida por decir lo que pensaban. Oesterheld no fue sólo un escritor: fue un militante de la palabra. Y su desaparición no fue casual, fue política.
Todo lo que incomoda es político. Todo lo que duele también. Y todo lo que remueve lo es aún más.
Entonces, volviendo a BTS…¿Cómo podes ignorar el contenido del artista que estás consumiendo? ¿Cómo podes ignorar sus discursos? ¿Qué hacemos con Baepsae, N.O., GO GO, UGH!, No More Dream, Tomorrow? ¿Fingimos que Vote, or just shut up no sucedió? También podemos elegir ignorar que fueron a la Casa Blanca a hacer campaña contra el racismo en una nación extremadamente violenta, armada y racista; que se reunieron como embajadores de la cultura con el ex presidente Moon y no con Yoon Suk-yeol, que es de un partido ultraconservador. Pero es eso: una elección. Los hechos -global citizen, sus participaciones en la ONU, las donaciones que realizan- están todos ahí, son claros.
Ojo, repetimos algo que alguna vez ya dijimos: no creemos que tengan que pronunciarse por cada injusticia que sucede en el mundo, son seres humanos y viven y se desarrollan dentro de una cultura que también tiene sus reglas sociales. Sin embargo, dentro de sus posibilidades, se han pronunciado. ARMY y BTS trabajaron en conjunto para conseguir una donación de más de 2 millones de dólares para la causa Black lives matter. ¿Qué las hace pensar que involucrándose en eso podrían bancar las políticas de Trump, y en consecuencia las políticas de Milei?
Nosotras sostenemos que no, y nos basamos en todos estos hechos: lo que está dicho entre líneas y lo que está frente a nuestros ojos. Elegir qué escuchamos, qué leemos, qué defendemos, y qué callamos, también nos define. Porque no alcanza con emocionarse con una canción si elegís desconocer lo que está diciendo, cuando muchas veces la relación no está tirada de los pelos, sino que está ahí desde el origen.
En un mundo como el que vemos hoy, donde cada vez hay más discursos y actos de odio y violencia, el problema no es “meter a x en política”, sino analizar qué parte de nuestra comodidad estamos dispuestos a soltar para empezar, de una vez, a escuchar de verdad. Porque la realidad es una: todo el consumo es político.
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