BTS viene por primera vez (probablemente por única vez) a Argentina. Para muchas ARMYs, sino la mayoría, esto no es un recital más: es un sueño esperado durante años, un acontecimiento irrepetible, un momento que no se va a volver a dar. Es un momento muy feliz para nosotras, y sin embargo, lo que más estamos recibiendo es… burla y desprecio.
¿Por qué les molesta tanto ver feliz a una mujer?
Sin dudas hay un desprecio histórico hacia el consumo femenino; una infantilización, deslegitimación y una necesidad permanente de considerar “estúpidas” a las mujeres que sienten pasión por algo, lo que sea. En este caso hablamos desde lo autorreferencial, porque nos atraviesa directamente, pero esto afecta a cualquier mujer fanática de cualquier cosa: fútbol, rock, pop, etc. Siempre hay que rendir examen y justificar por qué tenemos derecho a ocupar ese lugar.
Si una mujer es fanática del fútbol tiene que probar que sabe la formación completa de algún campeonato hace 20 años, porque así es que merece tener una camiseta y que tiene derecho a entrar a la cancha. Si es fanática del rock, que mínimo se sepa 10 canciones no mainstream. Si es fanática de una artista pop, la infantilizan porque, ¿cómo te va a gustar eso?. Nada alcanza: la fan siempre tiene que legitimar su disfrute.
Este desprecio no es nuevo. Pasó con Elvis y con The Beatles. En sus primeros años, su público era mayoritariamente femenino y las fans eran tratadas de histéricas, irracionales, exageradas; y ellos eran descalificados como productos comerciales sin valor artístico. Cuando los hombres empezaron a sumarse masivamente a su público, esos mismos artistas pasaron a ser considerados genios, revolucionarios, leyendas del rock. La validación cultural llegó recién cuando el consumo dejó de ser exclusivamente femenino. Como si el valor de una expresión cultural necesitara pasar por el filtro masculino para ser legítima.
Eso mismo se reproduce una y otra vez. Hoy BTS ocupa ese lugar: un fenómeno global cuestionado, en una primera instancia, por quiénes lo amamos.
Dentro de todas las controversias que se generaron estas últimas semanas, hay un caso puntual, donde las ARMYs pidieron que el público mayoritario del show, sean efectivamente las ARMYs. Esto propició una ola de ataques. Pero pedir cierta “pureza” del público asistente, no es exclusivo de BTS ni de las ARMYs. Es un patrón que se repite cada vez que hay recitales, festivales o eventos masivos. En el Lollapalooza se discute que el público general puede tener acceso a X artista, sólo por fomo, siendo que muchos verdaderos fans de ese artista quedan afuera por cuestiones económicas; cuando vino Oasis o Los Piojos se repitió la misma cantinela: “no debería ir cualquiera”. Incluso con Coldplay (que hizo diez River y vino más de una vez al país) se criticó a las ARMYs por “meterse” en un recital que no era de su banda. Siendo que claramente Coldplay, al invitar a Jin, contempló que se llenaría de ARMYs. Y… ¿Cuántas veces vimos a hombres quejarse sobre los “gatos” o modelos que van a la cancha y “le sacan el lugar a un hincha”; cuántas veces escuchamos que el público que va a ver a la selección es una mierda porque no son verdaderos hinchas?
Entonces la pregunta es inevitable: si esa lógica se acepta en tantos ámbitos, ¿por qué molesta tanto cuando las ARMYs la planteamos ahora?
La respuesta también es clara: les molestan las mujeres. Y no hace falta ser hombre para reproducir ese desprecio: muchas mujeres también subestiman, juzgan y excluyen.
Y es importante destacar que tanto el fandom como los BTS están y estamos sujetos a ataques de distintos tipos; hay una crítica constante por ser artistas que hacen pop -incluso no siendo el único género que habitan-, por ser asiáticos, porque su público somos mayoritariamente mujeres, porque sus rasgos físicos son distintos y no encajar en los parámetros occidentales de masculinidad, porque muchas fans no están “dentro” del canon de belleza hegemónico que se propaga por el mundo. Todo esto no es humor, es xenofobia, discriminación, racismo. Hay un mensaje implícito detrás de está lógica, y es que solo ciertos cuerpos merecen ocupar el espacio público y triunfar, emocionarse, fanatizarse, ser felices.
Cuando el fandom está compuesto mayoritariamente por mujeres, muchas de ellas de sectores populares, cuando no responden al ideal hegemónico de belleza, blancura, delgadez y clase, el odio se vuelve más explícito y más cruel. No es casualidad: ahí aparece el clasismo, la gordofobia y el racismo como herramientas para disciplinar. No se ataca solamente lo que consumimos: se ataca quiénes somos.
Y ojo, estos ataques también están enmarcados en una violencia habilitada y una crueldad organizada para con el consumo femenino. Porque no vemos mujeres haciendo chistes sobre comprar masivamente entradas para el mundial y “dejar hinchas reales afuera”, pero sí leemos chistes sobre comprar entradas y re-venderlas al doble del precio. Si esto fuera al revés, no sería tan normal verlo en ninguna red social.
Incluso, podríamos hablar del fenómeno de la romantización del consumo masculino, incluso cuando muchas veces puede ser violento o irresponsable. Un hombre que vende el auto para ir a una final, que deja a su familia por un partido, que gasta plata que no tiene para un mundial es visto como apasionado, el aumento de la violencia doméstica cuando equipos de fútbol pierden partidos importantes ya forma parte de las estadísticas; todo esto esto se normaliza. Ah, pero si una mujer hace una rifa para ir a un recital, puff, es claramente una boluda.
La ridiculización constante del consumo femenino está relacionada con el impacto económico y social que tienen los fandoms. Porque el consumo mueve mercados, marcas y audiencias, y cuando es femenino, es necesario desactivar su poder simbólico: desacreditarlo e infantilizarlo para que no redireccione capital cultural ni económico.
En redes sociales vemos este accionar en el estereotipo de que las fans de BTS son “nenas de 14 años”, como si esto estuviera mal; también lo vemos cuando entienden que las fans también somos adultas, porque ¿cómo vamos a consumir eso si estamos grandes ya? En nuestro caso, también vemos una subestimación intelectual: “¿cómo hay ARMYs peronistas?”, como si no pudiéramos tener convicciones políticas, pensamiento crítico y sensibilidad cultural al mismo tiempo. Cuando escribimos bien, cuando organizamos o producimos algo valioso, la reacción no es reconocimiento sino asombro: como si fuera increíble que “unas idiotas” pudieran hacerlo.
Ojo, la violencia no está solamente afuera, también está adentro. Entre de las Armys hay respuestas agresivas, nosotras mismas hemos respondido agresivamente. Pero esa agresividad no surge de la nada. Es una respuesta a la burla constante, al destrato, a la violencia simbólica, a los intentos permanentes de hacernos sentir estúpidas. Entonces, el hincapié se debería hacer en por qué se naturaliza tanto la agresión hacia el consumo y se acciona en contra del mismo, no en cómo respondemos.
Querer resguardar nuestros espacios se trata de poder vivir un acontecimiento irrepetible con personas que comparten la misma espera, la misma historia y el mismo amor. ¿Por qué está mal que las ARMYs quieran festejar, disfrutar y proteger simbólicamente ese espacio frente al boicot, la burla y la reventa?
Se trata de poder emocionarse sin ser ridiculizadas ni atacadas, pero el problema es que todavía hoy molesta —y mucho— ver a una mujer disfrutar con pasión.
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