Aferrarte tanto a un recuerdo hasta sentirlo vivo y presente. Habitar esa ausencia e intentar buscar respuestas en los lugares que solían ser suyos. Encontrarlo en otras caras, entre la gente, en una misma. Qué importante la memoria, saber de dónde venimos y hacia dónde vamos.
Esa sensación tan íntima, tan dolorosamente real, es el corazón que late en La idea de un lago. Milagros Mumenthaler (directora) no busca contar una historia en términos convencionales, sino reconstruir un paisaje emocional, un álbum de memoria roto y vuelto a armar con fragilidad, como quien pega con cuidado las fotos de una infancia atravesada por la ausencia.
Inés, la protagonista, está a punto de ser madre, y ese umbral entre pasado y futuro la empuja a mirar hacia atrás, hacia los días en que su padre aún estaba. O mejor dicho, hacia los días en que su ausencia empezó a ser una presencia más en su vida. Porque este film no habla solo de una desaparición forzada en tiempos de dictadura, sino de cómo ese vacío se cuela en lo cotidiano, en lo íntimo, en lo heredado.
La película habita la memoria como se habita una casa antigua: con cuidado, tocando los objetos como si pudieran devolver respuestas. Inés camina por los espacios que solían ser suyos y de su padre, buscando señales, buscándolo en los gestos de otros, en reflejos, en espejos, incluso en su propio rostro. Porque cuando alguien falta, lo buscamos en todas partes. Y cuando la ausencia es tan grande, empieza a modelar quiénes somos.
Milagros Mumenthaler filma con una delicadeza que estremece. Los silencios, la luz natural, las fotos que se intercalan como postales mentales: todo construye un tono íntimo, casi secreto. No hay grandilocuencia, no hay gritos. Hay una tristeza silenciosa, persistente, que se transforma en acto de amor y de memoria.
La idea de un lago nos recuerda que recordar no es quedarse en el pasado, sino entenderlo para poder avanzar. Que mirar atrás no es una debilidad, sino una forma de sostenernos, de dar sentido a lo que viene. Que hay memorias que no son solo personales, sino colectivas, y que en el gesto de no olvidar también está el latido de un futuro más consciente.
Una película que se siente como una carta sin terminar, como un abrazo a través del tiempo. Poética, dolorosa, profundamente necesaria.
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