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Habitamos la calle: sobre el 8M, el Salón de las Mujeres, los derechos adquiridos y nuestra lucha.




Foto: @azulenpunto

Pasó otro #8M, Día Internacional de la Mujer, y con el mismo pudimos volver a encontrarnos en la calle con algo que, si bien las mujeres conocemos, no todas las personas tienen en su registro: la convocatoria que generamos.

No hablamos de convocatoria en el sentido cuantitativo de contar, una por una, cuántas mujeres asistieron a la movilización, no: lo decimos como cuando pensamos en la marea, en una entidad que no es uniforme pero está toda junta, cuya explicación es tan amplia como la cantidad de partículas que la componen. Acá es muy parecido: qué nos convoca tiene muchas respuestas, tantas como mujeres que asistimos a la movilización; incluso tiene más respuestas, las de todas las que no pudieron estar presentes de forma física pero lo hicieron en espíritu, ya sea porque nos acompañan desde otro plano, o porque el impacto de la crisis social y económica del país no les permitió hacerse presentes en cuerpo.









Todos los 8 de Marzo vemos muchas notas, posteos, historias de nuestras amigas y conocidas, con fotos de Mujeres en la calle, con carteles, con pasacalles, con brillos, llorando, riendo, abrazando, reclamando, gritando. Y, si bien este no fue la excepción, si fue diferente. Se sintió diferente.


Hace tres meses -formalmente hablando, porque estas ideas podíamos verlas en la propia campaña- que el ataque a las mujeres volvió a parecer válido, incluso amparado, no solo en las redes sociales sino en todos lados. Habíamos construido -y deconstruido- muchos comportamientos durante estos últimos años, logrando, si bien no una sociedad completamente equitativa, un piso más firme desde el cual pararnos a la hora de hablar de qué representa el feminismo. Sin embargo, no hay duda que tener una figura tan importante como lo es un presidente de la Nación, abiertamente ensañandose con una mujer en redes sociales, poniéndole me gusta a memes denigrantes, haciendo chistes, y pregonando una visión de la mujer como un sujeto que no debería tener los mismo derechos, dio rienda suelta a que el hostigamiento y la persecución, además del foco constante como chivo expiatorio, hacia las mujeres incrementara. No veíamos desde el 2016, cuando tomó mucho revuelo en la agenda digital el feminismo, un nivel tan enorme de odio hacia a las mujeres y disidencias, y tampoco un aval tan general sobre este odio.








Nos encontramos, entonces, volviendo a defendernos como antes, como si las conquistas se estuvieran cayendo. La iniciativa de derogación de la Ley de Interrupción Legal del Embarazo fue como un baldazo de agua congelada en pleno invierno: las incansables movilizaciones, eternos debates y vigilias que realizamos durante años para que, finalmente, se sancionara, parecen haber sido en vano, parecen no tener valor. Nos encontramos ante un panorama que nos indica una sola cosa: para nosotras, no hay libertad. Porque, ¿qué libertad puede haber si nos quieren quitar un derecho adquirido? Si se ha demostrado, año tras año, que la ILE es fundamental en la salud y que la ESI es una instancia de concientización, prevención y resguardo, ¿por qué dar marcha atrás? No nos queda otra que pensar que el problema, en realidad, no es que estas cosas no funcionen: es que son nuestros derechos, y nos quieren sin ellos.


Este Día Internacional de la Mujer, además, nos desayunamos una lisa y llana provocación: el vocero presidencial Manuel Adorni anunció que el Salón de las Mujeres Argentinas del Bicentenario de la Casa Rosada, pasará a llamarse Salón de los Próceres, por decisión de Karina Milei, secretaria general de la presidencia. Y… ¿por qué, no? ¿Por qué sacarían los cuadros de mujeres emblemáticas como Eva Duarte, Alicia Moreau de Justo y Mercedes Sosa, si son pilares de nuestra historia? ¿Por qué anunciarlo el único día del año que, internacionalmente, nos unimos todas por nuestra lucha? ¿Por qué invisibilizar, a propósito, la importancia de estas mujeres y otras tantas más? Se trata, a nuestro parecer, de una decisión que concuerda con volver a relegarnos al ámbito privado, a tratarnos como sujetos de segunda, a invalidar nuestros reclamos y orillarnos, todo el tiempo, a ser cuestionadas.


Foto: @azulenpunto

El ataque a las jubilaciones, en este caso específicamente a las amas de casa y la desfinanciación de los comedores y merenderos, son otros claros ejemplos de medidas que están en contra de las mujeres, las disidencias y las minorías. Son otras formas de castigarnos, aun cuando trabajamos de forma no remunerada toda nuestra vida, aún cuando tenemos cientos de bocas que alimentar, aún cuando son y somos las mujeres las que tomamos el rol de cuidado que debería tener el Estado.


Este 8 de Marzo fue como volver al pasado. Se vio en la calle, en la urgencia de los carteles, de los gritos, de los cánticos. Se vio en las caras de todas las que estuvieron presentes; se sintió en el aire esa tensión previa al estallido, esa sensación de que algo peor está por venir, y el entendimiento de que tenemos que estar preparadas, y juntas. Porque no hay forma de afrontar este ataque de otro modo, la salida es colectiva. Siempre supimos ver esta arista de la historia, la necesidad del compañerismo, y por eso la convocatoria en fechas así es tan enorme e importante. Porque no importa de donde seamos, somos mujeres, entendemos que nuestra lucha es válida e importante, y sabemos que la única forma de seguir adelante, defender lo que tenemos y conquistar lo que nos falta, es juntas y en la calle.





Podrán cambiarle el nombre a un salón, podrán hostigarnos en las redes sociales y ridiculizarnos en la televisión, pero nosotras estamos en todas partes. Estamos en los rostros de sus familias, en los libros y en las fotos; estamos en los barrios, en los hospitales y en las escuelas; estamos en cada minúsculo rincón del país y del mundo. Este 8 de Marzo, el próximo, y todos los días que haya en el medio y después también, nos van a ver. Porque aunque no estemos más en un salón, nosotras habitamos la calle. Y siempre lo vamos a hacer.

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